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Robinson ha contestado a sus críticos. Aunque dice estar defendiendo su argumento original, se ha movido algo, aunque sin reconocer nada.

En su primer planteamiento, Robinson decía que había muchas sociedades exitosas que habían “dejado marchitar el problema agrario” sin resolverlo. Afirmaba que en Colombia “la ruta paramilitar” tuvo efectos positivos que habían hecho posible la paz, y que los colombianos deberíamos entender, como Vicente Castaño, que era necesario “usar a la élite” para pacificar el campo.

No creo estar deformando su posición (el lector en todo caso puede verificarlo aquí). Ahora, por el contrario, afirma que “en un universo paralelo” sería bueno tener una reforma agraria, pero que ella es imposible. El país se ha estrellado millones de veces intentando hacerla, sin éxito. Una mejor ruta es apostarle a la educación. Apoya sus afirmaciones en cinco puntos básicos: la experiencia internacional positiva de las reformas agrarias no es relevante para el debate, la reiteración de fracasos en la reforma obliga a buscar en otra parte, sus críticos están tras un Santo Grial y son víctimas de prejuicios, y el estado colombiano es débil. Considero cada punto por separado.

La valoración de la experiencia internacional

Robinson señala, con toda la razón, que Corea y Taiwán hoy son muy diferentes a Colombia; no se pueden aplicar mecánicamente aquí las fórmulas que resultaron exitosas allá. Es un avance notable para una persona que estaba pidiendo hace un par de semanas que aprendiéramos del fantástico ejemplo de las Islas Mauricio.

Pero creo que la forma en que Robinson valora la experiencia internacional es inapropiada. Es cierto que cada país es único e irrepetible. Por ejemplo, Filipinas, que sí se parece a Colombia según Robinson, tiene millones de diferencias con nosotros. Robinson no se da cuenta de que se le parece a Colombia precisamente porque fracasó en la implementación de una serie de políticas públicas (y acaso porque el ejemplo sirve a su argumento).

El análisis comparativo no se hace para buscar fórmulas mágicas sino mecanismos subyacentes a ciertos desenlaces. Por ejemplo, el Kuomingtang en Taiwán era un paradigma de política corrupta y clientelista, pero por circunstancias históricas excepcionales pudo implementar un conjunto de cambios interrelacionados que le permitieron el tránsito hacia un estado fuerte.

Ese tránsito no fue bonito ni muy agradable en todos sus detalles, pero se hizo. Robinson cae en un anacronismo. Corea del Sur y Taiwán en efecto no eran en muchos aspectos relevantes muy distinguibles de la Colombia en las décadas de 1940 y 1950; sólo lo son hoy. Y obviamente no faltó quien en ese tiempo y lugar afirmara muy seriamente que cualquier cambio era imposible. Muy razonablemente, coreanos y taiwaneses no les pararon bolas.

Afirma Robinson que “hasta donde llega mi conocimiento, esto [procesos como los de Corea y Taiwán] no ha sido investigado de manera adecuada”. Bueno, depende de lo que llame “adecuado”. Pero me parece que su conocimiento no llega demasiado lejos. Sobre Taiwán y las reformas agrarias hay ya trabajos que se consideran clásicos en la literatura sobre el desarrollo (el lector puede ir a Amazon y encontrar por ejemplo Wade Robert (2003): “Governing the Market: Economic Theory and the Role of Government in East Asian Industrialization”, Princeton University Press; o Michael Lipton (2009): “Land Reform in Developing Countries: Property Rights and Property Wrongs”, entre varios otros análisis de alta calidad).

Ciertamente, los éxitos de las reformas no se limitan a ese ámbito, y hay numerosos estudios excelentes sobre varios otros casos.

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